Amar no es mirarse el uno al otro sino mirar juntos en la misma dirección.
Antoine de Sant Exupéry (autor de El Principito)

miércoles, 19 de agosto de 2015

Una carta en el buzón

Me he inspirado a escribir sobre esto viendo la emoción de mi hermana al comprobar que su novio le escribe CADA DÍA una carta.

Desde la aparición de Internet, se ha ido dejando de lado lo de escribir "a puño y letra".

Si todo sigue su curso- pues parece que las nuevas tecnologías son el futuro (incluso el tema ya está sobre la mesa en los despachos de dirección de varios colegios, en los que se quiere sustituir la libreta con margen y el "bic" por IPAD's)-, esta expresión tan castellana, escribir a puño y letra, dejará de tener su uso e irá a parar a la basura de la "Real Academia de las frases hechas".

Dado que el tiempo de aquí arriba, cerca de la Sierra del Cadí, parece haber dicho adiós al calor de hace unas semanas, nos hemos animado a escribir unas cartas y postales a algún amiguito del colegio y a familiares que viven lejos.


¿Valores?
- la espera: del que recibe la carta
- apertura del corazón: pues abres tu mundo interior a la otra persona
- nostalgia: al recordar buenos recuerdos vividos
- ilusión: al proponer proyectos en los que embarcarse juntos
- la buena escritura: con sus puntos y sus comas (cuantas veces tenemos que justificar un whatsapp enviado con la mejor intención y por culpa de una coma o el traductor se malinterpreta el mensaje)

Un mail está muy bien, por su inmediatez y "relativa" confidencialidad. Y lo mismo los whatsapp's o cualquier forma de comunicación.

Pero, ¿qué me dices de la delicia de una carta?

En el margen de arriba a la derecha, el lugar desde donde escribíamos seguido de la fecha, el tipo de letra (que tanto nos decía de aquella persona), las palabras escogidas con acierto (evitando tachones y chapuzas), buena ortografía, ...

Aún recuerdo las cartas que nos escribíamos con mi marido cuando éramos novios. Las guardo como oro en paño. Especialmente aquellas que nos intercambiamos cuando pasamos largas temporadas separados; él en Londres o yo en Boston.

Era un proceso precioso: desde encontrar una hoja en blanco y un boli que escribiera con soltura, hasta el momento y el lugar donde no ser interrumpidos para estar inspirados.

La segunda fase era comprar un sobre y un sello en el estanco de turno, anotando la dirección y el remite, y ya por último, buscar un buzón o ir directamente a una oficina de correos.

Para el que esperaba, era una emoción el paso de los días pensando cuándo llegaría. Hasta que, por fin, llegaba.

Después abrirla en un lugar alejados del ruido ambiental para tratar de meternos en esa caligrafía, en esas palabras, que no hacían más que acercarnos a pesar de los kilómetros y de haber un océano de por medio.

Y seguían las contestaciones de uno y otro lado hasta que nos volvíamos a ver.

En esos folios dejamos plasmadas nuestras ilusiones y proyectos en torno al Matrimonio y la familia que formaríamos, nuestra confianza y esperanza en Dios y mil y un temas que deseábamos compartir.

Con las nuevas tecnologías, se ha perdido el encanto de la espera, la prudencia a la hora de escribir y decir, la intimidad de las cosas que queremos guardar en nuestro interior y que sin querer, a veces, ventilamos a los cuatro vientos.

¿Miedo a los avances tecnológicos? Eso no.  Es la época que nos ha tocado vivir. Pero quizás sería interesante la creación de un código ético personal para hacer un buen uso y aprovecharnos de las muchas ventajas positivas.

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