Amar no es mirarse el uno al otro sino mirar juntos en la misma dirección.
Antoine de Sant Exupéry (autor de El Principito)

miércoles, 17 de junio de 2015

¡Se avisa grúa!

En Barcelona fui famosa.

De hecho, fui famosa por el coche que conducía.
De esta forma hacía amigos fácilmente; aunque esta clase de "amigos" no podía ayudarme mucho.

Lo confieso. Fui una asidua a los depósitos municipales de la ciudad condal. Es una fama que no me gusta, la verdad, pero me la gané a pulso por no haber sido buena ciudadana y creerme con el derecho de aparcar donde se me antojara; ya fuera un paso de peatones, la mitad de un vado o encima de las puntiagudas aceras.

Fuente: nosolovinilos.com

Pagué y escarmenté. Y volví a pagar y volví a escarmentar. Hicieron falta un total de cinco veces para reaccionar.
Mis "amigos" del depósito en cuanto me veían llegar con mi cara hasta el suelo de vergüenza e impotencia ya se lo tomaban a risa. Pero mi bolsillo no.

Ahora, en Madrid, intento ser mejor conductora, procurando dejar el coche a buen recaudo no vaya a ser que volvamos a ampliar el círculo de amistades no recomendadas.

Pero a principios de este curso me sucedió algo que me ha hecho cambiar mi visión sobre las personas y mi forma de juzgarlas.

Se trataba de la primera reunión de curso del colegio, a las 19 horas. Tuve que turnarme con mi marido para ir yo, pues la canguro nos falló en el último momento.

Como siempre voy corriendo a todas partes y ya llegaba tarde, entré en el párking del colegio aun sabiendo que a esas horas era improbable encontrar un sitio decente. (todo por no caminar. ¡qué desastre!)

Al comprobar que efectivamente no cabía ni un alfiler, dejé con toda mi cara el coche en doble fila, entorpeciendo la salida de un coche.

"Saldré corriendo en cuanto acabe la reunión"- pensé convencida.

La reunión de mi clase se alargó más que el resto (¡la ley de murphy existe, creedme!) e incluso se dio el aviso que molestaba un supuesto coche rojo (que no era el mío). Así que yo tan tranquila. Acabada la reunión salí a por el coche.

En ese momento deseaba meterme en mi cascarón como un caracol. Efectivamente, ahí estaba un matrimonio esperando; con cara más de preocupados que de mal café.

Debo decir que desde ese instante se me quedó grabada la cara de ambos y cada vez que me los cruzaba en el colegio deseaba que no me reconocieran.

Es fin de curso. La semana pasada tuvimos la fiesta de los niños. Entre el tumulto pude ver a mi marido saludando a un padre que me resultaba familiar. Pregunté a una amiga y, ¡tate! se trataba del mismo que el del conflicto con el coche.

Me armé de valor y fui a saludarlo. Se unió su mujer. ¡Encantadores! Entre risas, comenté lo sucedido al inicio de curso con nuestros coches. Ellos ni se acordaban. ¿Cómo iban a acordarse? Tenían un problema aún mayor; cosas más importantes en las que pensar: por las fechas del acontecimiento, el padre dedujo que habían tenido a una de sus hijas con un problema grave de salud y andaban agobiados por la situación.

Fuente: pinfrases.com

Se me cayó el alma a los pies.

Cuántas veces justificamos nuestras acciones pensando que no hay para tanto, o que el otro no tenía que ponerse de aquella forma o no se cuántas cosas más.

Ellos con un problema gordo y con prisa por ir al lado de su hija, y mi coche ahí plantado. Nunca más.

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